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miércoles, 24 de octubre de 2012

LA COLUMNA DE TONI LASTRA (Cap. XVI): UNA SIERRA CON NOMBRE DE MUJER


"UNA SIERRA CON NOMBRE DE MUJER"

La Sierra Calderona desciende en dirección NO-SE perpendicularmente hacia el Mediterráneo, y constituye la última estribación del Sistema Ibérico, tras la sierra de Javalambre. La Calderona ha recibido a lo largo de los tiempos distintas denominaciones según los muy diversos criterios de los escritores que la han versado en sus escritos. Determinar cuándo nació con el nombre que hoy ostenta, sería motivo de un interesante debate, siendo comúnmente aceptado el de “La Calderona”. Proviene de una leyenda o historia muy arraigada en el pueblo, que viene a darle el nombre de Sierra Calderona según la leyenda de la famosa comediante y amante del Rey Felipe IV, María Calderón, “La Calderona”.

María Calderón “La Calderona”

María Calderón, fue una actriz rica en gracias y donaires, según cuenta el poeta Juan Arolas en su libro Poemas Caballerescos y Orientales en 1850. María fue la amante favorita del Rey Felipe IV, del cual se decía que tuvo más de cincuenta amantes y otros tantos hijos bastardos. Los versos de Juan Arolas, narran la historia según la cual el propio Rey sorprendió a La Calderona en compañía de su amante Ramiro, Duque de Torres. Tal agravio al monarca le provocó un ataque de cólera al sentirse engañado y ordenó a su valido, el Conde Duque de Olivares, que recluyera a la actriz en el tenebroso Convento de Valfermoso en Guadalajara, que era algo así como una prisión en la que acababan las amantes del Rey que habían tenido algún devaneo amoroso. Ya que la dama que había sido del Rey, después solamente podía pertenecer a Dios.
Pero María, que era una mujer de rompe y rasga, no estaba dispuesta a acabar sus días como monja. La prenda que los hombres del Conde Duque exigían eran las trenzas doradas de La Calderona, que supuestamente le tenían que cortar al ingresar en el Convento. Pero la leyenda, el mito y el deseo del pueblo, cuentan que los custodios que tenían que recluir a María en Valfermoso, fueron sorprendidos por una cuadrilla de bandoleros que raptaron a María y entregaron a los soldados una cabellera rubia de alguna amante o familiar de aquella banda de salteadores, para que pasara por la de María.

Cómo aparece María por los montes que más tarde llevarían su nombre, cómo desaparece de La Alcarria y aparece por las abruptas sendas de La Calderona, es parte de la leyenda inexplicada. Pero María, que era una mujer valiente, acabó siendo la  Capitana de aquella temible banda de bandoleros que por entonces asolaba los caminos de la Calderona. De hecho la toponimia actual todavía conserva nombres, como La Cova dels Lladres, el Pas de la Comedianta, yendo a refugiarse por los caminos de Gilet a Rafelbunyol o en una casa de labor al pie de La Mola de Segart, próximo a la Font dels Ullalets.

Lógicamente la versión oficial fue otra: María ingreso en el Convento de Valfermoso y llevó una piadosa existencia el resto de su vida.  Aquel trueno de mujer, acabó siendo la  Abadesa del Convento.

El corredor competitivo

En la época en que yo ejercía de corredor competitivo consideraba como esencial que mi preparación tuviera La Calderona como palenque. Hice de La Calderona mi campo de pruebas y pasé por esos lugares de madrugada o por el mismo Monasterio de Portacoeli, cuando la campana tocaba a maitines. El resto del día tenía que trabajar. Así era y fue por mucho tiempo.

Debo decirles que no era yo el único loco que, como los gitanos de Lorca, “iba por los montes solo”. En más de una ocasión me aparecieron envueltos en la tenue luz del amanecer otros alboreados atléticos, como Vicente Raga Gabarda quien, tras la dura faena de la estiba portuaria, antes de regresar a su casa, se fajaban con las farragosas cuestas de La Calderona. O José Carlos de Miguel, un afamado abogado y un corredor duro como el pedernal. Naturalmente que a mi mujer le decía que iba al cauce del río, que era donde iban los corredores normales. Y no es que tuviera miedo de ir en solitario por aquellos lugares; de lo que tenía miedo era de dar un traspié y acabar en el fondo de un barranco y no me encontraran.

 La mujer fantasma

Hubo otra mujer que también se hizo famosa en La Calderona: Vivía en una cueva y solía salir de madrugada con un sayal que debió ser blanco alguna vez. Abandonaba su cubil para disputar con las alimañas los despojos y basuras. Tenía cabeza calva con algunas greñas y por calzado unas botas sin cordones, que le daban un aspecto demoníaco. Recuerdo que en cierta ocasión el hambre le hizo bajar hasta las zonas de recreo a recoger las sobras de las mesas. Me dio tanta pena, que le dije si quería comida; por toda respuesta me contestó con un gruñido y sus ojos le brillaron como tizones en un pavoroso gesto de odio.

De este suceso, escribí una columna que más tarde apareció en uno de los libros de la trilogía “La Columna de Andrópolis”. Pero por lo especial de esta historia, la recuento por si alguien no lo conoce.

Como todos los miércoles, llegué a la zona de recreo de Portacoeli. Era aún noche cerrada, las brisas tramontanas de levante traían de las cercanas playas un aroma a salitre y brea, y un coro lejano de ladridos de las casas de los labradores. Como contrapunto a aquella sinfonía del amanecer, como diría Lorca, “la piqueta de los gallos herían la madrugada”.

Mi plan era el de casi siempre que no disponía de mucho tiempo: Ascendería hasta el Monasterio, dejando atrás el Pi de la Bassa y después llegaría a la Font del Marge y regreso. Ya había rebasado el Monasterio y corría a la altura de La Pobleta. Me sentía como Smith, el ladronzuelo de la novela de Allan Sillitoe, “La soledad del corredor de fondo” como “el único hombre sobre la tierra”. En esos momentos me consideraba el más feliz de los mortales. Corría sin temor alguno, ingrávido y libre. Me conocía todas las piedras del camino y, a pesar de la oscuridad, apercibía cualquier peligro. De repente descendiendo por el camino hacia mí, apareció la evanescente figura de la mujer fantasma.

Me quedé paralizado, se me secó la saliva y el pelo se me puso de punta. Estaba aterrorizado con los pies clavados incapaz de avanzar o tomar la huida, tan sólo salieron de mi reseca garganta unas palabras entrecortadas: ¡La mujer fantasma! Y haciendo un esfuerzo giré en redondo y emprendí una loca carrera hacía la explanada de la salida. Corría más veloz que nunca lo había hecho… y llegué exhausto esperando que de una vez por todas amaneciera. Recobrado el entendimiento y con la llegada de las primeras luces, inicie la subida de nuevo. Ni  la mujer fantasma, ni nadie iba a ser capaz de que no cumpliera el plan previsto.

Cuando llegué al lugar de la aparición, me di cuenta de lo infundados que habían sido mis temores; enredado a un arbusto del camino, un gran plástico blanco se movía empujado por las brisa matinal...

Y es que como decía Epicteto: “De lo que hay que tener miedo, es del propio miedo”.

Toni Lastra

3 comentarios:

  1. Ya no voy a subir de la misma forma hasta la Font del Magre, con la veces que he estado por allí y no conocía en absoluto nada de estas historias, ansioso de conocer mas de este paraíso natural como es La Calderona....me encantan tus relatos.

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  2. m'ancanta la calderona,ara mes.

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