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jueves, 3 de enero de 2013

LA COLUMNA DE TONI LASTRA (Capít.XXV): "PELUT"


Es este un cuento de perros, un drama menor de la vida cotidiana. Sucedió hace muchos años, en una de esas carreras de larga distancia de los sábados con un recorrido de casi treinta kilómetros por “el Camp del Túria”, por las pedregosas veredas del meandro que curva el río entre campos de naranjos y cañaverales, de Riba Roja a Vilamarxant.

 De improviso, advertimos que a escasos metros nos seguía un perro, un perrazo de largo pelo amarillo y sucio; a pesar de su tamaño, de sus patazas, de la poderosa dentadura –de la que colgaba una babeante lengua rosada-, comprendimos que aún era un cachorro desgarbado y feo como un adolescente. Cuando paramos a beber, deba brincos de contento. Era un torbellino de lanas con rabo, un descarado; bebía de nuestras manos hasta el agua con electrolitos. Al observarlo de cerca, sorprendí un raído y mugriento collar, con una vieja chapa de vacunación contra la rabia. Sus orejas eran un nido de garrapatas y su cuerpo un costillar; pero en sus ojos brillaba más el deseo de cariño que el de la comida. Era tan cariñoso y tan dócil que a mitad de carrera se había transformado en la mascota del grupo.


Sería uno más de los perros de esa manada dispersa, abandonada y errante que han formado amos crueles que los compran al inicio del verano, para que alegren a los niños con sus cabriolas en el jardín, y que luego los abandonan a su suerte –mala casi siempre-; cuando tienen que regresar a Valencia. Gente sin sentimiento, incapaz de soportar las meadas en los muebles, los ladridos a destiempo, los gastos del veterinario o el paso a perro adulto del gracioso cachorrillo.

“Pelut” (así había sido bautizado por el grupo) continuó con nosotros, pero no rezagado, sino zascandileando entre las piernas, trastabillándonos a todos. Llegó hasta el final, con las pezuñas sangrando pero feliz con sus nuevos amigos.

Nosotros teníamos el reconfortante hábito de rematar esos largos recorridos con un tremendo almuerzo, que rompe con todas las reglas de la dieta maratoniana y como en el bar no admitían la entrada de perros, almorzamos al sol en la terraza. “Pelut” se quedó de invitado, despanzurrado a nuestros pies, rosigándonos las zapatillas, y comió una ración igual a la nuestra, salvo el café y la cerveza. Cuando nos marchamos, alguien le puso al cuello una cinta verde del pelo, y allí se quedó removiendo el polvo del camino con su peludo rabo, resignado de nuevo al triste destino del abandono, ladrándonos enfadado cuando partíamos en los coches hacia Valencia.

Creí que ya nunca lo volvería a ver, pero ya les he dicho que esta era una triste historia. Días después, corría de nuevo por aquellos caminos, cuando vi en el arcén el cuerpo sin vida de un perro. La terrible sospecha de que fuera “Pelut” me acongojó el alma: y allí estaba hinchado como una bota, lleno de moscas, con la cinta verde al cuello y los ojos vidriados buscando aún un nuevo amo que festejara sus gracias. No tenía ni una herida; de un golpe debió matarle un automóvil. Di por terminada la carrera, y regresé a mi casa a por una pala y un azadón (Parecía Simón el enterrador) y volví junto al cadáver de “Pelut”  y lo enterré en un pinar cercano, junto a unos arbustos de romero. Donde tendrá flores todas las primaveras.
Toni Lastra

2 comentarios:

  1. lastima que ninguno pensara en avisar a una protectora,quizas su destino habria canviado

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  2. Me dan lastima los perros, pero más lastima me dan esos ingratos que no saben valorar el amor sin igual que les brindan los animales.Lo dicho lastima. Paqui

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