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martes, 13 de noviembre de 2012

LA MOTO Y EL SIDECAR (Cap. 20): LOS PLACERES DE LA VIDA

La Moto y el Sidecar
Lorente y Lastra
(13/11/12)
Capítulo XX

LOS PLACERES DE LA VIDA


A veces el corredor que se somete a las mayores disciplinas de la vida; renuncia a cuantas tentaciones diarias se le presentan, y se pregunta si realmente vale la pena llevar esta vida de eremita, por alcanzar el premio de una marca que a nadie interesa o ser el más rápido de su escalera. Escasas recompensas realmente para tanto sacrificio, por ello siempre he mantenido que: “Correr, mal llamado entrenamiento, es sobre todo un acto de fe” como decía Franz Stampfl.
Esa pregunta es difícil de contestar, porque cada quien es cada cual y tiene sus propias motivaciones y, como diría Bob Dylan: “la respuesta amigo, está en el viento”. Unos lo hacen por salud, otros por vanidad, pues han pasado del anonimato de sus vidas a ser unos personajes populares -que es algo así como la calderilla de la fama- otros porque sus mejores amigos se unieron a la llamada del aerobismo, un fenómeno socio deportivo que cambió la vida sedentaria por la carrera diaria. Sea cual fuere la llamada a la carrera, personalmente creo que ha elevado el índice de salubridad del ciudadano; tan sólo por esto vale la pena ser corredor. Cómo o de qué manera o en qué magnitud, ya es cuestión de cada cual.
Creo que hemos pasado en poco tiempo, de la ignorancia atlética de la gran mayoría a un conocimiento abrumador. Todos usamos ahora vocablos inauditos: aerobias o anaerobias, fartleks, interval training, VO2, índices de grasa… y nombres de músculos que ni tan siquiera creíamos tener: bastos, sartorios, fascias latas… y dolores nuevos: periostitis, osteopatías, condromalacias…     
De repente, en función de esta santa cruzada de la salud y el correr como máximo valedor de ella, hemos caído en actitudes extremas, obsesiones de marcas, competencias y excesos propios de profesionales. El corredor fluctúa entre la filosofía del marqués de Sade: “Todo lo excesivo es bueno”. Al otro extremo,  Henry David Thoreau (Filósofo trascendentalita norteamericano, primer ecologista) preconizaba una vida sencilla, espartana en comunión con la Naturaleza. Su frase lapidaria era: “Quien compra lo superfluo, acaba vendiendo lo necesario”. Y a nadie parece interesarle el consejo: Que en un término medio consiste la virtud. Mi mujer me solía repetir: “Tú has de ser calvo o pelut”. Tenía razón, pero es que a mí nunca me interesó aquello de la feliz mediocridad.
El corredor ha incorporado a su vida hábitos saludables de gran valor, lo que sucede que en muchas ocasiones, es que su disciplina le lleva fanatismos que en nada tienen que ver con su rol de corredor popular, y resulta patético verles actuar y hablar como si fueran estrellas del atletismo.



Dicen los gerontólogos que de los cinco sentidos corporales, el último en deteriorarse es el del paladar, o sea, el del gusto. Lo cual es una bendición que debemos aprovechar en ausencia de otros sentidos que llenaron de placer nuestras vidas, como el tacto, el oído, la vista y el olfato. He conocido a corredores en el que todo su interés en conservar una disciplina en la carrera diaria, era por poder comer cuanto más y mejor. Era gente que no sabía distinguir el apetito del hambre; a continuados excesos en la mesa, a comidas pantagruélicas, habían atrofiado sus papilas gustativas. Eran incapaces de apreciar un buen bocado, la cantidad era lo importante. No corrían por otra razón.

También he conocido corredores que, teniendo unas condiciones extraordinarias para correr, jamás compitieron. Uno me confesó que no sabía perder y no iba a estar en las carreras con la tensión de vigilar a los contrarios y trasformar una alegre mañana de domingo en la desagradable sensación de verse derrotado. Y comprometerse a adquirir un hábito de vida que le pudiera amargar no le interesaba. Una buena estrategia, pero jamás conocieron los límites de su fisiología.


Sobre las dietas especiales de las que son partidarios muchos corredores, decía el famoso Dr. George Shehann: “Come lo que siempre te sentó bien y corre con el estomago vacío, porque igual que no hay dos huellas dactilares iguales, no existen dos metabolismos iguales. Lo que a uno le sienta bien puede ser perjudicial para otro”.
Y como despedida, les contaré un chiste que nos demuestra la importancia de no precipitarse jamás en las decisiones.
EPÍLOGO

Un día un muchacho les confesó a sus padres que, después de mucho pensarlo, había tomado la decisión de entrar en un convento de clausura para dedicar el resto de su vida al silencio, la oración y la adoración a Dios. Trataron de hacerle ver los padres la trascendencia de su decisión, pero no hubo forma de que renunciara a su vocación.
Para contraer los votos, el Padre Prior le dijo que el silencio era de obligado cumplimiento y que para conseguirlos tan sólo recibiría una visita cada dos años y en ella no podría decir nada mas que dos palabras. Los padres compungidos abandonaron el Convento y regresaron al primer bienio. ¿Cómo lo estás pasando hijo mío? Le preguntaron. A lo que él contestó: “Cama dura”. Volvieron a los otros dos años y su madre le hizo la misma  pregunta. ¿Cómo lo estás pasando hijo mío? Y él contestó: “Comida fría”. Volvieron de nuevo al cabo de dos años y su madre le hizo la misma pregunta: ¿Cómo lo estás pasando hijo mío? Y él contestó: “Me voy”.
 La moraleja sería saber si ante cualquier decisión de importancia, tendremos la  suficiente capacidad y fuerza de voluntad de poderla cumplir.

Toni Lastra

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